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A todos los educadores nos asalta a veces la duda de si estamos manipulando en vez de educar. Nos puede ocurrir como padres, como profesores, como tutores y como dirigentes de juventud... El riesgo es evidente en el momento en que intervienen los valores, las ideas, las creencias, los principios. ¿Hasta qué punto estoy modelando a mi imagen y semejanza al niño o al adolescente, en lugar de proporcionarle los medios para que llegue a ser él mismo? ¿Hasta qué punto provocará una "asimilación", sin más, de mi mentalidad y la suya? ¿Es legítimo inculcarle aquello en lo que yo creo y aquello que yo defiendo? ¿No voy a caer en un "sectarismo"? ¿Debo ser neutral? Estas y otras preguntas forman los escrúpulos del educador a diario, especialmente en estos momentos tan manipuladores de la sociedad mediática. Y muchas veces los árboles no nos permiten ver el bosque. La tentación de la "neutralidad" lleva al relativismo y cuando no al nihilismo; ¡que cuidado en las expresiones, en los términos seleccionados, en los temas y hay que tener para que no te remueva la conciencia social! Cuando, en realidad, esa conciencia social no es más que una imposición del super-yo de la "corrección" al uso: la más flagrante e hipócrita forma de manipulación que vieron los siglos. Repasemos el concepto de Educación, ése que vengo repitiendo en los distintos Cursos de Formación de Cuadros, porque quizás en sus términos encontremos la respuesta: "Perfeccionamiento intencional de la persona humana, en todas sus facultades, con un sentido direccional". Que la persona es "modificable", para bien o para mal, no escapa a nadie. La propia existencia de la Educación se basa en ello; no basta con la simple "maduración", sino que es preciso el concurso de los otros, de los que fueron y de los que son, de la sociedad, de la cultura, de la historia: Mowgli no ha existido nunca como ser humano. Y observamos -es importante- que la acción educativa, por ser "social", se ejerce sobre "personas", no sobre individuos químicamente puros; persona, recordemos, es el ser-entre-los-demás-seres, no por pactos o acuerdos, sino por la propia esencia del ser humano. Como es lógico que debe pretenderse que la modificación sea para bien, en un sentido perfectivo para la propia persona y para el conjunto de la sociedad, la educación se realiza con toda intención no confiando únicamente en que la naturaleza (el instinto) siga su curso. Es más: la educación puede y debe contradecir la naturaleza, en el sentido de encauzarla, limitarla, sublimarla, reprimirla... Apuntemos, de pasada, que en nuestro caso y en los de todas las escuelas en el ocio a partir del Escultismo, la Naturaleza (el medio natural) es un instrumento, no un fin en sí misma; la observación, el activismo, el aprovechamiento, el propio respeto que se le debe, no siguen los dictados naturales, sino lo humanos, los educativos; no pretendemos hacer del niño o del adolescente un "buen salvaje" -mito romántico-, sino un ciudadano. Pero, ¿es lícito que la educación se acometa desde unas pautas ideológicas, en una determinada "dirección" o "línea"? El planteamiento puede ser similar al de cualquier padre que se planteara qué tipo de alimentos (o de medicamentos y en su caso) debe administrar a sus hijos, y por qué no otros. Indudablemente, les dará aquellos que sean necesarios y útiles para su salud y previo asesoramiento de los expertos, no aquellos que sean decididos en plebiscitos, que "estén de moda" o que sean más y mejor anunciados por la publicidad. Así, yo, educador, padre, dirigente de juventud, velaré por la formación en valores atendiendo a lo que, según mi conciencia verdadera, no la impuesta por el super-yo social "correcto", con el apoyo de los expertos de mi confianza, sea adecuado para la "salud axiológica" o moral de mis hijos, de mis alumnos, de mis educandos. Esta será la "dirección", la línea de valores que pretenderé para mis hijos: la que considere la mejor, la más verdadera, la más apropiada, independientemente de las mayorías que la sigan, de si está o no de moda, de si la propaganda la jalea. Claro que respetaré, volviendo al ejemplo, lo que mis vecinos y sus hijos comen; pero exigiré el mismo respeto para los regímenes alimenticios de mi familia. Del mismo modo, respetaré las creencias y los valores de los demás, siempre y cuando obtenga el mismo respeto para los míos y convertidos en filosofía educativa de fondo. En el caso de la OJE, la dirección viene marcada por los valores que inspira la Promesa: trascendencia y religiosidad, patriotismo y sentido español de la existencia, servicio, ansia de justicia, libertad profunda, valoración de la historia, responsabilidad del hecho de ser joven, lealtad... Pero y ¿estaré entonces "manipulando"? ¿Seré "sectario"? No, en la medida que otorgue al educando, a mis hijos, según sus edades y nivel de autonomía moral, la capacidad de reflexión y de raciocinio, de crítica, de revisión, de comparación... con los "alimento" que el vecino da a sus hijos o con los que propone la propaganda mediática. Manuel Parra Celaya
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| Este artículo apareció originalmente publicado en la Revista PROEL, nº 64 de octubre de 2002. Reproducido con permiso de la misma - (C) Organización Juvenil Española |
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